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Juicio.

Dijeron que era el proceso más mediático de la historia. Sus hijas y su mujer degolladas. El Departamento de Justicia había vendido los derechos televisivos por una cifra récord. Lo que la jueza cobró por la publicidad de su gorra se acabaría sabiendo también. Hoy se emite el veredicto y lo veremos en mi casa con unas cervezas. Estoy apostando por la pena de muerte en la aplicación del programa cuando escucho el estruendo en la entrada. La policía irrumpe y en la confusión un amigo saca un arma. En el juicio dirán que antes gritaron abran la puerta.

Un pintor.

Cuando llegamos a la playa el sol se abría paso entre las nubes. En el aparcamiento había un coche con el volante a la derecha que tenía un colchón sucio dentro. Su dueño miraba al mar, al lienzo y a sus pinceles mientras las niñas nos ayudaban a tirar de nuestro carrito de cuatro ruedas. Fui al bar a por unos cafés y le dije buenos días. Me miró extrañado y me pregunté qué recuerdos se escondían tras aquellos ojos cansados. Desde la orilla me llegaba el murmullo de las olas y la imagen de mis hijas jugando.

Un escritor.

En esta foto estábamos en la playa con los hijos de sus primeras esposas. Él irradia su felicidad magnética desde el centro. Sus defensores dicen que fue un buen padre a pesar de todo. Yo te diré la verdad: estaba contento porque durante la mañana había escrito varias páginas que sabía que lo sobrevivirían. Era por la tarde y se le nota que ya había empezado a beber. Ahora sí responderé a la otra pregunta: se suicidó porque sabía que nunca volvería a escribir nada de lo que se sintiera orgulloso y esa vida no la quería vivir.

Cuarenta y seis mil.

Ese fue el momento culminante de su vida: un comentario ingenioso en una red social que consiguió cuarenta y seis mil “me gusta”. Varios medios de comunicación se hicieron eco y fue el tema de conversación entre sus conocidos una semana. Ahora duerme en un sofá ajeno después de que su mujer le diera aquel ultimátum que no se creyó. Él no estaba enfermo y no necesitaba ninguna medicación. Ahora, cuando el alcohol enturbia su conciencia se siente relajado y eufórico y no deja de pensar en ese número que significó algo cercano a la felicidad.

Les das tu atención, pero quieren tu alma.

La vida sin ellos no tendría sentido, pero es increíble el tiempo que te roban. Demandan toda tu energía, pero al final siempre es más lo que te aportan. No sé cuál es vuestra experiencia, para mí el último está siendo el más agotador, aunque fue también el más deseado. Mi mujer y yo lo hemos hablado y no nos vamos a plantar aún. Todavía no está a la venta, pero ya lo hemos reservado. Acamparemos en la calle con los sacos de dormir y el termo de café si hace falta.

A perfect day.

Hoy es domingo, me visto con mi traje de realidad virtual y me pongo el caso de estimulación eléctrica transcraneal. El abanico de opciones de mi habitación de metaverso es casi ilimitado. El mejor ron añejo, el sol tibio sobre mi piel, una paz dulce imposible de quebrantar y cualquier mujer que desee provocando un placer infinito sin límites a mis peticiones. Salgo del cuarto pensando que mañana es el único día del mes que tengo que ir a la oficina. Espero que pronto erradiquen ese anacronismo más propio del siglo veintitrés que de los tiempos actuales.

Encrucijadas.

Y ése fue el principio del resto de mi vida. Cuando sonó el teléfono de la rectoría y la oí al otro lado de la línea. Llevaba meses temiendo y ansiando esa llamada. Yo era un párroco casado y ella era una feligresa joven con un bebé. ¿En qué mundo sería posible que esa historia no acabase como un desastre total para ambos? Su voz se escuchaba como el sonido del mar en una caracola que a la vez me atraía y me advertía del peligro de sus promesas. Y ése fue el principio del resto de mí vida.

Serotonina.

Camille salió de su casa sintiendo la fertilidad recién confirmada por el test de ovulación. Llegó al Club Náutico y recorrió las salas de la exposición. Tenía claro el aspecto físico de los genes que buscaba, sabía cómo olían esos hombres. A la tercera conversación descartó con su habilidad de médica los antecedentes de las enfermedades que más la preocupaban. Fue fácil argumentar en contra del preservativo durante el coito. Mientras él se duchaba, ella abandonó la habitación del hotel dejando un número de teléfono tan falso como la peluca que había hecho juego con su vestido de cóctel.

Yesterday.

Soy una de esas personas que solo disfruta de las cosas cuando ya han pasado. Ahora valoro la noche que vi Terciopelo azul bebiendo Chianti con Celine en nuestra buhardilla de la zona vieja de Bolonia. Ahora añoro la infancia perdida de mis hijos cuando entonces ansiaba huir de ese presente y tener tiempo para mis evasiones narcóticas. Ahora daría lo que fuera por poder hablar con mis padres apenas unos minutos o ver a mi abuela, aunque no me reconociera. Ahora no disfruto mientras te escribo y en mi vejez entregaré mi alma por un cuerpo sin dolor.

“Virtudes (e misterios)”, de Xesús Fraga.

“Virtudes (e misterios)” es una novela autobiográfica sobre una saga familiar. La historia se desarrolla en Galicia y en Londres entre los años cuarenta y la primera década del siglo veinte. Se trata de una obra en la que se combinan con maestría diferentes géneros narrativos. Intuimos el desafío de esta tarea cuando se señala que madurar implica “cuestionar los mitos fundacionales” de las familias y se advierte que “todo ejercicio de memoria tiene más de invención que de fiabilidad”. Surge así uno de los ejes de la novela: un juego entre realidad y ficción en el que se llega a la conclusión de que “lo vivido, por muy pleno que resulte, nunca tiene el poder de lo imaginado”.

En esta historia aparece Marcelino, el abuelo, quien con su soñadora decisión de emigrar solo a Venezuela marca a tres generaciones de una familia a la que abandona. Aparece Virtudes, la abuela, quien sustituye al hombre en el rol de proveedor de la familia y emigra a Londres también sola. Una mujer capaz de rajar el pescuezo de un conejo hasta desangrarlo o aprovechar el espacio de las maletas para que quepa lo máximo posible, guiada por la norma de “todo para los demás, poco o nada para mí”. Aparece Isabel, la madre, cuya infancia se reduce por un acceso temprano al trabajo y cuya adultez incluye una nueva emigración al Reino Unido, primero al lado de la abuela y años más tarde junto a su marido, Tito. En el vientre materno les acompaña un hijo que burla la vigilancia que impedía cruzar la aduana a mujeres emigrantes embarazadas. Se trata del propio autor, Tony en Inglaterra y Xesús en Betanzos.

Un Xesús que “a veces piensa si no será todo una fábula”, su “deseo excesivo por reconstruir una infancia” definida como “sueño opiáceo elevado a paraíso perdido que no se abandona por voluntad propia” y que, de tan remota, “puede parecer más soñada que vivida”. Reflexiona sobre “el fantasma del niño que alguna vez pude ser y no fue”, convertido en el “eco de un sueño” que lo espía desde el pasado. Emprende su particular búsqueda del tiempo perdido y constata que la deseada recuperación del pasado es imposible y trae consigo un “agudo sentido de melancolía”. “Aunque los vestigios se mantengan en pie, nosotros ya no somos los mismos”, añade. Un Xesús que confiesa que “empezó a escribir en búsqueda de respuestas y finalizó sin ellas” y pone fin al libro preguntándose cuáles de sus historias sus hijos conformarán como propias.

¿Sobre qué más trata esta novela? Trata sobre la emigración que a unos pierde y a otros otorga una misión. Trata sobre la ciudad de Londres y la solidaridad y la vileza existente entre los emigrantes. Sobre el afán universal de progresar en la vida y que los tuyos lleguen un paso más lejos que tú. Trata también de parejas que dejan de tocarse en las fotos cuando son padres y de épocas en las que se permutan fincas por nichos. De “memorias compartidas” y de “viajes de ida sin vuelta”. De “miradas que por primera vez asoman un matiz de duda” ante la vida y de “carne salada de cerdo que se raciona durante todo un año después de la matanza”. Del regusto agridulce de las nostalgias y de horizontes vitales ensanchados por el contacto con lo ajeno. De linternas de mano hechas con luciérnagas que alumbran caminos rurales en noches de verano a la vuelta de la verbena. Renuncias y “sueños de paraísos diferidos”. Inocencias dulces y maldades gratuitas. Trata de la ausencia de respuestas ante el interrogante de cómo podrían haber sido nuestras existencias de haber tomado otro camino en ese “jardín de senderos que se bifurcan” que es la vida y de esas “variaciones de nosotros” que quedan olvidadas.

En “Virtudes (e misterios)” asistimos a un trabajo artesano en el que las palabras se cosen para formar frases y los párrafos se cincelan. Se notan los diez años de trabajo declarados por el autor. Xesús Fraga, en su doble condición de escritor y periodista, nos agasaja con la sonoridad poética y la belleza léxica del gallego. Nos lleva desde lo particular hasta ese plano universal en el que nada de lo humano nos es ajeno, ese lugar donde nos emocionamos y algo en nosotros cambia. En este 2021, sesenta años después de la emigración de la abuela Remedios, esta historia recibe el Premio Nacional de Narrativa, cerrando el círculo de la cultura del esfuerzo de esta familia.