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Club Deportivo Riocobo, años 80. ¿Alguien se acuerda?

El Concello de Cervo informa que no se abrirán las piscinas del Club Deportivo Riocobo debido a la ausencia de socorristas. Más allá de las polémicas vecinales sobre el uso y la conservación de las instalaciones, quisiera recordar algunas experiencias vividas allí en los años ochenta en que transcurrió la infancia de alguno de nosotros.
Íbamos al Club caminado o en nuestras bicicletas Motoretta o Bicicross (solo algunos afortunados tenían la BH California). La televisión no era competencia a salir a jugar, ni con la primera y la segunda ni con la llegada de la Gallega. Tampoco había muchos ordenadores (alguno tenía el Comodore o el Spectrum y para el Pentium 3 tuvimos que esperar a los últimos cursos del instituto). La palabra Internet tardaríamos años en escucharla, los móviles no los estrenamos hasta la la universidad y las tablets solo existían en las películas de ciencia ficción.
Pero sí teníamos el Club Deportivo Riocobo. Allí jugábamos al futbito con aquellos balones Mikasa que eran tan duros que solo los más valientes se atrevían a ponerse de porteros (suplicando que “no valía furar”). Hacíamos navegar nuestros barcos de Playmobil en la piscina pequeña y aprendimos a nadar en la grande atemorizados por la certeza de que el profesor nos iba a lanzar al centro en algún momento. En aquel tiempo no hacían falta socorristas ni había las actuales vallas (hubieran impedido correr por el césped hacia el agua para hacer una bomba). Jugábamos al squash con raquetas de madera y al tenis intentando emular a Ivan Lendl. Nos tirábamos por las rampas con nuestros monopatines Sancheski (¿alguien sabe por qué todos eran de color naranja?).    Jugábamos al escondite buscando algún lugar entre los árboles donde apretujarnos con las chicas. Íbamos a los columpios cuando no existían los parques infantiles. Robábamos manzanas detrás de las pistas con la angustia de encontrarnos con el señor que disparaba una escopeta de cartuchos de sal que todos asegurábamos haber visto. Jugábamos a la güija invocando a los espíritus con un miedo que no se atenuaba por la sospecha de que alguien movía la ficha. En la cafetería jugábamos a la máquina a cinco duros la partida, veíamos películas de piratas y comprábamos algún Frigo Pie con la paga de los domingos.
En el Club se celebraban carnavales en los que los mayores nos asustaban con sus disfraces de monstruos antes de que existiera Halloween. Había fiestas de cumpleaños en las que se rompían piñatas llenas de caramelos. Había una biblioteca en la que disfrutamos de las aventuras del Capitán Trueno. Saunas que funcionaban y un gimnasio. Pistas de tenis que eran sede de una liga comarcal en la que teníamos un equipo del que nos sentíamos orgullosos. Pistas de baloncesto. Un equipo de fútbol sala equipado con los colores de Argentina y una cancha en la que se celebraban torneos de veinticuatro horas. Una máquina de la que salían unos pistachos que nunca habíamos probado Y un pequeño videoclub con carátulas de películas para adultos que nuestra imaginación no hubiera sido capaz de producir.
Si nos aburríamos del Club jugábamos a las chapas con imágenes de corredores como Marino Lejarreta, hacíamos cabañas en el bosque y disputábamos guerras con los frutos de los eucaliptos sin importarnos que no fueran una especie autóctona.
Eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor suele ser un mito construido por la nostalgia y las distorsiones de la memoria. Aunque quizás no siempre sea así.

Alambradas

Mi vida dependía de mantenerme en la fila de los prisioneros y apartar la mirada de los guardias. Escuchaba el ladrido de los perros y pensaba que podría acabar con mi sufrimiento si corría hacia las alambradas como otros habían hecho. Mi conciencia y yo dejaríamos de existir en un instante. Me dije que podría aguantar otros diez pasos y me concentré en el ruido de mis zapatos sobre la nieve. Noté que uno de los cordones se había roto otra vez, hubiera podido aguantar un poco más de no ser por eso.

Mi antiguo coche

Aceleré y comprobé que era mi antiguo coche. Me asaltaron los recuerdos y me emocioné. Las salidas con los chicos, deambular solo por la ciudad, recoger a Edith ante la mirada suspicaz de su padre y los viajes a la playa cuando nacieron nuestros hijos. Me situé a su altura para observar a su conductor: era un hombre orondo que se hurgaba la nariz. Me aproximé y lo embestí por un costado. Él me miraba con miedo y con asombro mientras yo divisaba con rabia el pilar del puente que se aproximaba.

Maldito escalón 

Cerró la puerta principal intentando no hacer ruido y subió las escaleras aferrándose al pasamano para no perder el equilibrio. Maldijo el crujido del escalón que amenazó con despertar a Faith y a las niñas. Al llegar al primer piso, no sabía qué dirección tomar. Entró en la habitación principal mientras su cara mestiza y el cuchillo se iluminaron por la luna que atravesaba las cortinas.

Recuerdos

He olvidado tantas cosas… Pero no he podido borrar de mi memoria aquella frase que escuché cuando era un niño y que ahora me atraviesa como una flecha. Los hechos más importantes de mi vida gravitaron sobre aquellas seis palabras: irme de casa tan joven, casarme con una mujer como Isabel, estudiar Trabajo social, tener hijos… Hoy lloro de rabia frente a la tumba de mi padre y quemo la carta que llevo escribiéndole desde entonces con todo lo que aquel día no pude responderle.

El amanecer de los vivos

Se asomó por la escotilla y contempló la amalgama de colores que emborronaba el horizonte sobre el mar. Cerró los ojos y se dejó acariciar por el aire fresco que subía del valle. Intentó recordar el olor de los manzanos que había plantado con Joe  y de los que ahora solo se veía su macabro esqueleto. La alarma del reloj interrumpió sus pensamientos y miró la aguja del contador Geiger. En el búnker solo se escuchaba el llanto de hija. Cerró la escotilla y se despidió de la Tierra hasta el siguiente amanecer.

El castillo

El jefe llevaba décadas amargándole la existencia a K con sus órdenes y con sus normas. Nunca lo había visto ni hablado con él y recibía sus comunicados a través de un ordenanza que se presentaba a cualquier hora y en cualquier lugar. Recorriendo los laberintos, K encontró de forma casual su despacho y abrió la puerta. Estaba oscuro y hacía frío. ¿Hay alguien ahí?, preguntó. ¿Hay alguien ahí?, se escuchó. Tuvo dudas y retrocedió. De vuelta a su puesto, se envalentonó pensando en la que queja que iba a dirigirle a través del Comité de los trabajadores.