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Plataforma

El avión aterriza en la República Dominicana y me traslado a mi hotel a disfrutar de mi Circuito Afrodita. A mis cincuenta años es difícil follar sin pagar. Busco refugio en el alcohol, la comida, el poder de mi puesto y el dinero que gano. No es suficiente. La vida sin hijos es tranquila pero triste, ahora me doy cuenta. Por suerte todavía quedan países pobres en los que se puede gozar por unas cuantas libras. De todo eso me olvido mientras me tumbo en la cama y Leónidas desliza su mano mulata por debajo de mis braguitas.

Mario

Teresa leyó el libro de condolencias semanas después del fallecimiento de su marido. Amigos y conocidos escribieron frases trilladas pero reconfortantes o se expusieron huyendo de los lugares comunes. “Gracias por domesticarme igual que el principito hizo con el zorro y por cuidarme como a su rosa”, sin firma. ¿Quién podría haber sido? La rabia la quemó por dentro imaginándose la desfachatez de una amante acudiendo al funeral y ese tipo de maldad necesaria. Las lágrimas que surcaban sus mejillas activaron el recuerdo. Ella sola, la noche posterior a la cremación y ese dolor anestesiado por los fármacos.

Niebla

Holly pasó de personaje secundario a principal en mi trilogía sobre la venganza, se comió a Rick. Le he cogido tanto cariño después de la muerte de mi hija… Sé que sigue tomando su medicación y que lleva una vida estable con Joe y con su nuevo trabajo. De su antigua vida conserva sus actuaciones como bajista con su banda y ha abandonado el consumo. La echo de menos y me pregunto qué será de ella. Por eso ahora enciendo mi ordenador para empezar con la siguiente novela de la saga, necesito saber que le van bien las cosas.

Vacaciones perfectas

Había sido la luna de miel soñada. El fuerte oleaje rompiendo en los acantilados bajo la terraza de su habitación. La brisa nocturna en aquella mesa alejada. El vino blanco de vides volcánicas. Los atardeceres pintados de rosa por dedos gigantes. Follar a diario hasta quedar exhaustos. Al llegar al aeropuerto cogieron un vuelo anterior que les libraba de horas de espera. Estaba jactándose de haber comprado aquella tarifa flexible, agarrado al mástil de una copa de champán, tan concentrado en las cosquillas de las burbujas que no escuchó el ruido en uno de los motores del avión.

Deep Blue

Me llamo Claude Sylvanshine y trabajaba en Editorial Z. Revisaba manuscritos solicitados y enviaba el resto a la papelera. Conseguí que esta tarea se volviera sencilla usando un único criterio: el número de seguidores de los autores en las redes sociales. Mis superiores desconocían este método, solo les importaban las ganancias. El sistema funcionó hasta que esos ingenieros del MIT diseñaron un programa capaz de crear textos que generaban emociones. Otorgamos nuestro premio anual de novela a un robot. Ahora tengo más tiempo libre para escribir y para captar seguidores en las redes.

Desaparecidos

La ciudad está empapelada con carteles que han ido perdiendo su color por los estragos del tiempo. Rostros de jóvenes sanos, desaparecidos. Apenas salgo en mi silla de ruedas porque cualquier contagio acabaría con mi vida. Después de tanto tiempo, al fin veo una luz que se cuela por la rendija de la desesperación. El teléfono suena después de mi ansiada espera. Son ellos, La Cofradía. Otra mosca ha caído en la red de la araña, dice una voz sardónica. Yo me río, pero sobre todo lloro, de culpa pero sobre todo de alegría.

El Rey pálido

   K desconocía que el verdadero heroísmo consiste en aceptar el aburrimiento de forma estoica. Columpiar a su hijo en el parque y los atascos de tráfico. Revisar los formularios GS-9 en su cubículo de la Agencia hasta las cinco y acompañar a su mujer al centro comercial. Su mejor momento transcurría entre la tercera y la cuarta cerveza mientras miraba los partidos de su equipo de fútbol. Nunca llegó a escuchar aquel secreto de la brisa del amanecer del que habló el poeta, nunca escuchó en su oído ese susurro de que no se volviera a dormir.

Libro de Manuel

   Roland y Ludmilla formaban parte de un grupúsculo de guerrilleros urbanos. Entraban en los chalets del valle aprovechando las ausencias de su propietarios y manchaban ropa con lejía, desemparejaban calcetines y quitaban teclas de los ordenadores. En alguna ocasión fueron laxos con sus ideales y se llevaron botellas de vino y comida que no se vendían en los supermercados de sus barrios. Al primero que cogieron fue a Andrés, con una bolsa llena de puntas de corbata cortadas. En su condena por allanamiento y destrucción de propiedad ajena las aes habían sido sustituidas por guiones bajos.

Demasiada felicidad

   A K se le criticaba por evadirse en exceso de la realidad a través de la vida. Trabajaba, comía con sus amigos, jugaba con sus hijos y hacía el amor con su mujer. Vivía para no enfrentarse a la ficción, no toleraba el sufrimiento ni las verdades gruesas. Tras un señalamiento de su último psicoterapeuta, decidió encarar sus miedos y empezó con las novelas de misterio. Esperaba tener el valor suficiente para acometer la lectura de aquellas obras en las que las batallas se libraban a vida o a muerte, quizás todavía no fuera demasiado tarde para él.

Duelo patológico

   La semana pasada tuve el privilegio de volver a participar en el programa de Radio ECCA “Diálogos de Medianoche con la filosofía”, dirigido por el profesor Manuel Martín. En esta ocasión, hablamos del duelo patológico.

   Para aquellos a los que os pueda interesar, os dejo el enlace en el que podéis acceder al podcast:

   https://www.ivoox.com/el-duelo-patologico-audios-mp3_rf_47828569_1.html