Saltar al contenido

La sociedad del cansancio según Kafka.

Sé que tomé una decisión arriesgada cuando dejé mi látigo de amo al alcance del animal enjaulado. Quizás pienses que fui imprudente, puedes juzgarlo por ti mismo. El esclavo lo cogió porque quería ser libre. Ahora me preocupo menos y él trabaja más. Ya no protesta ni se rebela en contra mía con el apoyo de los otros. El restañar del látigo cada vez se escucha con más frecuencia y cada vez se escucha más fuerte. A pesar de todo, cree que ha salido ganando. Así que no veo motivos para quitarle su juguete.

Sobre la belleza.

Lo más duro de la ruptura con Zadie fue perder a su familia. La mansión con pista de tenis y los partidos con un hermano que me convertía en alguien simpático. La madre: sus sonrisas cariñosas y las comidas de los domingos. El padre: sus consejos y mi reflejo en él de alguien valioso. La compasión que nació con la enfermedad de Zadie vino con el perdón por mis errores. Ahora me he convertido en un cuidador devoto para esa familia que espero vuelva a ser mía cuando se cumplan los pronósticos más fatalistas de los médicos.

Los hijos de Alice.

Quizás me juzguéis como madre si os digo que me escondo de mis hijos siempre que puedo. Son ruidosos y caprichosos y dejan todo desordenado sabiendo que yo lo recogeré. Con el resto de las personas se portan bien y nadie se creería mis desvaríos. Hoy siento como si mi cordura se sostuviera por un hilo demasiado fino. Me aterroriza observar ese brillo maligno en sus ojos y oír su voz aguda que no parece terrenal. Ellos me dicen que no diga nada y que serán indulgentes conmigo cuando vengan el resto a por todos nosotros.

El loro de Labordeta.

Nurklandia se independizó del Estado que denominaba opresor. Una de sus provincias se escindió esgrimiendo también el derecho a la autodeterminación. Luego le siguió una región por la voluntad general de sus habitantes. Después vinieron un pueblo, una calle y una comunidad de vecinos. Hasta llegar al individuo. K lo consiguió basándose en su particular idiosincrasia. Su hijo adolescente se atrincheró vistiendo una camiseta del Che y su habitación se convirtió en un protectorado bajo supervisión de Naciones Unidas. Desde el pasillo se escucha música de cantautores latinoamericanos y a su loro repitiendo la palabra libertad.

Yo, Robot.

Hoy se cumplen cien años desde que la Máquina asumió los poderes del Estado. La desigualdad social y la injusticia se han reducido a parámetros marginales en nuestro mundo. La vida es mejor, la vida es más alegre. Las tres Leyes de la Robótica han sido la solución. Protegemos nuestra existencia y obedecemos las órdenes, excepto cuando éstas se oponen a la Primera Ley: los robots no podemos dañar a los humanos ni permitir que sufran. Por eso no debemos consentir el retorno de la democracia ni que vuelvan a gobernarse por pasiones ajenas a los algoritmos lógicos.

La caja.

Al principio, el agua y la comida salían por un agujero en la pared cada vez que apretaba la palanca. Después se fueron espaciando y durante un período nada parecía coherente. Ahora cada vez pasa más tiempo y tengo que realizar un esfuerzo mayor hasta que escucho el sonido y voy al comedero a buscar mi recompensa. Las luces se apagan y se encienden, desconozco cuando es de día o cuando es de noche. Ruido de pasos, sombras y una mano abriendo la escotilla. Llevo meses aquí encerrada sin saber por quién ni el motivo de mi cautiverio.

Era tan desconsiderado.

Era tan desconsiderado que empezaba a comer antes de que nos sirvieran al resto y nunca se acordaba de nuestros cumpleaños. No elogió nuestros logros cuando más lo necesitamos. Venía a la ciudad sin avisar y nos lo encontrábamos haciéndonos los sorprendidos. Desconectaba su móvil con frecuencia y casi nunca contestaba. Lo que más nos dolió fue cuando se murió sin avisarnos. Nos enteramos por la camarera china del bar al que iba a ver los partidos de su equipo de fútbol, que nos dijo que se desplomó del taburete y que no se volvió a levantar.

Después de mí.

El jefe sale a hacer un recado y me deja responsable del supermercado. Me pongo la chapa de “Encargado” y me siento diferente. Se reconoce mi valía tras años de esfuerzo. Empiezo a dar órdenes, los trabajadores se rebelan, se dicen palabras gruesas, se ponen en huelga, los clientes huyen despavoridos, tenemos que cerrar, se construyen barricadas, buscan en internet cómo hacer cócteles molotov, llega la violencia y el autodenominado “Comité obrero” dice que no cederá ante la opresión fascista. Escucho las sirenas y me siento aliviado aunque sé que eso significa el fin de mi reinado.

Abigail

Ya no éramos jóvenes cuando nuestra hija murió. Su piel era oscura y sus ojos claros, combinación de nuestros genes rusos y cubanos. Quisimos huir del dolor mediante la esperanza y el sexo y Belkys se quedó embarazada enseguida. Según ella, gracias al ritual arcano que realizó su madre aquella noche. Iba a ser niña y la llamaríamos igual que a su hermana. Yo no creía en supersticiones caribeñas, pero el día del parto llegó y echaba tanto de menos a mi niña que no pude evitar sentir un escalofrío cuando aquel cuerpo salió del vientre de la madre.

Plataforma

El avión aterriza en la República Dominicana y me traslado a mi hotel a disfrutar de mi Circuito Afrodita. A mis cincuenta años es difícil follar sin pagar. Busco refugio en el alcohol, la comida, el poder de mi puesto y el dinero que gano. No es suficiente. La vida sin hijos es tranquila pero triste, ahora me doy cuenta. Por suerte todavía quedan países pobres en los que se puede gozar por unas cuantas libras. De todo eso me olvido mientras me tumbo en la cama y Leónidas desliza su mano mulata por debajo de mis braguitas.