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Libro de Manuel

   Roland y Ludmilla formaban parte de un grupúsculo de guerrilleros urbanos. Entraban en los chalets del valle aprovechando las ausencias de su propietarios y manchaban ropa con lejía, desemparejaban calcetines y quitaban teclas de los ordenadores. En alguna ocasión fueron laxos con sus ideales y se llevaron botellas de vino y comida que no se vendían en los supermercados de sus barrios. Al primero que cogieron fue a Andrés, con una bolsa llena de puntas de corbata cortadas. En su condena por allanamiento y destrucción de propiedad ajena las aes habían sido sustituidas por guiones bajos.

Demasiada felicidad

   A K se le criticaba por evadirse en exceso de la realidad a través de la vida. Trabajaba, comía con sus amigos, jugaba con sus hijos y hacía el amor con su mujer. Vivía para no enfrentarse a la ficción, no toleraba el sufrimiento ni las verdades gruesas. Tras un señalamiento de su último psicoterapeuta, decidió encarar sus miedos y empezó con las novelas de misterio. Esperaba tener el valor suficiente para acometer la lectura de aquellas obras en las que las batallas se libraban a vida o a muerte, quizás todavía no fuera demasiado tarde para él.

Duelo patológico

   La semana pasada tuve el privilegio de volver a participar en el programa de Radio ECCA “Diálogos de Medianoche con la filosofía”, dirigido por el profesor Manuel Martín. En esta ocasión, hablamos del duelo patológico.

   Para aquellos a los que os pueda interesar, os dejo el enlace en el que podéis acceder al podcast:

   https://www.ivoox.com/el-duelo-patologico-audios-mp3_rf_47828569_1.html

Sandman

   Los zapatos vacíos estaban en medio de la habitación del niño cuando los padres entraron alertados por su grito y encendieron la luz. Alrededor de los zapatos se desparramaba una cantidad ingente de arena maloliente. Bruno miraba a sus padres con el brillo del orgullo en sus ojos. Solo había tenido hacer lo que ellos le habían dicho: acercarse despacio, soplarle en la nariz y tirarle de una oreja. Demostrarle al monstruo que lo visitaba todas las noches que solo tenía el poder que quisiera darle. Los padres se miraron aterrorizados, arrodillados sobre la arena sucia todavía humeante.

Palabras al viento

    Thich Thanh Nguyen escucha a su interlocutora mientras saborea su té y le llega el olor de los crisantemos del jardín. Solo escucha y escribe honrando el silencio sagrado. Al final del encuentro le dice que ha dicho “el padre” en treinta y tres ocasiones y que no ha usado nunca el nombre de pila de su hijo. La palabra “vida” se repite doce veces y “desesperación” se nombra en ocho momentos dispares. Thich Thanh Nguyen hace sonar tres veces su cuenco tibetano y se levanta del cojín. Realiza una reverencia y se retira de la estancia.

Garantías

   Tras comprar una estilográfica de última generación, la vendedora le recomendó contratar un seguro. La cantidad le pareció razonable y accedió. Ya en la Sección de Seguros, la comercial le vendió una póliza de vida. Su sonrisa le hizo sentir tan acogido que también se comprometió a cambiar sus seguros de coche y de hogar. Al salir de los grandes almacenes se sentía satisfecho de sí mismo mientras esperaba que el semáforo para los peatones se pusiera en verde. A su derecha, una silenciosa patineta eléctrica avanzaba veloz mientras su conductor hablaba por un gran teléfono inteligente.

Muerte y alteridad

   El médico le dio un mes de vida. Al salir de su consulta se compró el descapotable con el que siempre había fantaseado y renovó su vestuario en las mejores tiendas de ropa. Después de unos días, todo lo que no era él empezó a menguar. Tenía que tener cuidado de no pisar a transeúntes desconocidos por las calles. Al contrario: sus pertenencias, su mujer, sus hijos y él mismo empezaron a crecer. Cuando le hicieron la autopsia se había convertido en un gigante macrocéfalo al que le había desaparecido el tumor detectado cuatro semanas antes.  

Galería de fotos

   “Algunos viven como si nunca fueran a morir y otros mueren como si nunca hubieran vivido”. Recuerdo esta frase y pienso que soy de los segundos. Por eso dedico mis últimos días a repasar con mi familia las fotografías realizadas durante mi vida y hacemos un álbum con aquellas en las que la felicidad se nos mostró menos esquiva. Ahora es de noche y Helena duerme en la butaca. Aprieto la tecla de la morfina una y otra vez hasta que solo me quedan fuerzas para pulsar el botón del selfie y sigo apretando la morfina.

Comunicación No Violenta

   Ayer tuve el privilegio de participar en el programa de Radio ECCA “Diálogos de Medianoche con la filosofía”, dirigido por el profesor Manuel Martín. El contenido giró en relación al libro de Marshall Rosenberg “Comunicación No Violenta, un lenguaje de vida”.

   Para aquellos a los que os pueda interesar, os dejo el enlace en el que se puede reproducir o descargar el podcast:

   https://www.ivoox.com/comunicacion-no-violenta-audios-mp3_rf_45965055_1.html

La naranja mecánica

   Alex se despertó con el sonido de la porra del policía golpeando sus botas. Hubiera dado lo que fuera por dormir un poco más. La cabeza le iba a reventar, había bebido demasiada leche-plus. El agente dio un paso hacia él, sonrió burlón y le dio dos golpecitos más en el hombro; tenía ganas de que le regalaran una excusa para pegar a alguien. Alex palpó dubitativo su nocho y pensó en darle un buen tolchoco en toda la rota hasta que saliera el crobo rojo. Mientras, en su cabeza, empezaba a sonar la novena sinfonía.