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Alambradas

Mi vida dependía de mantenerme en la fila de los prisioneros y apartar la mirada de los guardias. Escuchaba el ladrido de los perros y pensaba que podría acabar con mi sufrimiento si corría hacia las alambradas como otros habían hecho. Mi conciencia y yo dejaríamos de existir en un instante. Me dije que podría aguantar otros diez pasos y me concentré en el ruido de mis zapatos sobre la nieve. Noté que uno de los cordones se había roto otra vez, hubiera podido aguantar un poco más de no ser por eso.

Mi antiguo coche

Aceleré y comprobé que era mi antiguo coche. Me asaltaron los recuerdos y me emocioné. Las salidas con los chicos, deambular solo por la ciudad, recoger a Edith ante la mirada suspicaz de su padre y los viajes a la playa cuando nacieron nuestros hijos. Me situé a su altura para observar a su conductor: era un hombre orondo que se hurgaba la nariz. Me aproximé y lo embestí por un costado. Él me miraba con miedo y con asombro mientras yo divisaba con rabia el pilar del puente que se aproximaba.

Maldito escalón 

Cerró la puerta principal intentando no hacer ruido y subió las escaleras aferrándose al pasamano para no perder el equilibrio. Maldijo el crujido del escalón que amenazó con despertar a Faith y a las niñas. Al llegar al primer piso, no sabía qué dirección tomar. Entró en la habitación principal mientras su cara mestiza y el cuchillo se iluminaron por la luna que atravesaba las cortinas.

Recuerdos

He olvidado tantas cosas… Pero no he podido borrar de mi memoria aquella frase que escuché cuando era un niño y que ahora me atraviesa como una flecha. Los hechos más importantes de mi vida gravitaron sobre aquellas seis palabras: irme de casa tan joven, casarme con una mujer como Isabel, estudiar Trabajo social, tener hijos… Hoy lloro de rabia frente a la tumba de mi padre y quemo la carta que llevo escribiéndole desde entonces con todo lo que aquel día no pude responderle.

El amanecer de los vivos

Se asomó por la escotilla y contempló la amalgama de colores que emborronaba el horizonte sobre el mar. Cerró los ojos y se dejó acariciar por el aire fresco que subía del valle. Intentó recordar el olor de los manzanos que había plantado con Joe  y de los que ahora solo se veía su macabro esqueleto. La alarma del reloj interrumpió sus pensamientos y miró la aguja del contador Geiger. En el búnker solo se escuchaba el llanto de hija. Cerró la escotilla y se despidió de la Tierra hasta el siguiente amanecer.

El castillo

El jefe llevaba décadas amargándole la existencia a K con sus órdenes y con sus normas. Nunca lo había visto ni hablado con él y recibía sus comunicados a través de un ordenanza que se presentaba a cualquier hora y en cualquier lugar. Recorriendo los laberintos, K encontró de forma casual su despacho y abrió la puerta. Estaba oscuro y hacía frío. ¿Hay alguien ahí?, preguntó. ¿Hay alguien ahí?, se escuchó. Tuvo dudas y retrocedió. De vuelta a su puesto, se envalentonó pensando en la que queja que iba a dirigirle a través del Comité de los trabajadores.

Crecimiento personal

En el seminario de aquella tarde, Arnold y Carol aprendieron que la felicidad se consigue cuando se descubre cómo se conectan los puntos de la vida. Aun así, Arnold se quitó la alianza, caminó adonde se encontraba Carol y le propuso tomar una copa con la excusa de compartir sus experiencias acerca del método. Y, por eso, Arnold giró su teléfono cuando empezó a sonar y la pantalla se iluminó con la foto de Mary y de las niñas.