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La carretera

Jack y su hijo observaban cómo las olas cargadas de ceniza rompían en la orilla solitaria. El cielo era un frío manto de acero en el que no se veía el sol desde la erupción volcánica. Jack le pidió que recordase el momento más feliz de su vida. A lo lejos se escuchaban los caballos de la horda que los violaría y se los comería. Jack metió su única bala en el revólver y le pidió al niño que mirase el mar y que siguiera recordando los paseos en bicicleta con su madre y con su hermana.

Líquidos

Su madre le dijo que no había nada más seguro en la vida que aprender idiomas. Así justificó el colegio trilingüe y los estudios en el extranjero. Así cobró sentido la oposición para intérprete de la ONU. Hoy lee sobre la revalorización de la compañía que comercializa el software que traduce de forma simultánea decenas de lenguas y el aparato con forma de guisante que se lleva en el oído. Ahora recuerda cuando su padre le dijo que no había nada más relevante que las nuevas tecnologías y piensa que debió escucharlo más.

Ficciones

Estuvo demasiadas horas leyendo aquella novela descatalogada de hojas amarillentas y polvorientas que quemaban los ojos. Estaba exhausto. Había llorado y se había hecho sangre al morderse los labios. Había amado y había odiado. Quería sosegarse y decidió bajar al bar a tomar una cerveza y a ver el partido. Después de tanta realidad necesitaba la ficción de juntarse con los otros y que todo volviera a ser mentira de nuevo.

Russian Red

Llegó de madrugada con la euforia que le daba el alcohol en su juventud y le escribió un “Te quiero” en el espejo del baño con su pintalabios Russian Red. Quería darle una alegría antes de que se fuera a trabajar. Luego llegaron el matrimonio y los hijos. Las frustraciones y las decepciones. Los reproches, las infidelidades y el no querer reconocerse a uno mismo. Se aferraron a aquel “Te quiero” del espejo y nunca tuvieron el valor de borrarlo por miedo de lo que pudiera pasarles.

Calle Noventa y Dos

Sube hasta el ático donde está concertada la reunión. Le dan los buenos días y él se los devuelve aunque esté atardeciendo. Tampoco le parece prudente contradecirles cuando pronuncian mal su apellido. Tampoco quiere llevarles la contraria cuando le ponen una bolsa de plástico en la cabeza y le dicen que van a tener una conversación tranquila sobre lo sucedido en la calle Noventa y Dos.

Aparcamiento

Fueron inflexibles aunque solo le faltaban unos céntimos para pagar el ticket: no podía salir. Durmió en el coche y se aseó en el centro comercial a la mañana siguiente. Se le acabó la batería del móvil y no pudo pedir ayuda. La deuda se fue acumulando y negoció con la empresa sin éxito. Trabajó limpiando coches y tuvo varios romances en los ángulos muertos de las cámaras de vigilancia. Aprendió japonés y escribió sus memorias. Un día decidieron levantar la barrera automática para que pudiera salir el coche fúnebre que lo había venido a buscar.

Cena de empresa

Pensaba que mis compañeros de trabajo conocerían por fin a mi verdadero yo. No soy ese tipo gris y melancólico que deambula por la oficina mirando al suelo. Soy locuaz y divertido. Pensaba que ellas me verían por fin con otros ojos. Ahora me despierto sobresaltado notando el fluir de un líquido sobre mi cuerpo. Todavía borracho, me despierto y veo sus caras desencajadas por la risa. Alguien está grabando un vídeo con el móvil.