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Los restos del día

   Por debajo de la puerta de tu habitación se colaban la luz y el sonido de Creep de Radiohead. Dudé unos segundos sobre entrar o no, me pareció que llorabas. Al día siguiente hiciste tu último examen de la carrera y te fuiste. He recordado muchas veces durante estos treinta años aquella rendija iluminada. Ahora te espero en el andén de la estación, buscando nervioso tu cara entre los últimos pasajeros que bajan del tren.

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The walking dead

   Todo lo que hemos construido ha sido gracias al miedo y al castigo: las tasas bajas de delincuencia y el pleno empleo, el progreso y el crecimiento económico, la seguridad y la paz, la abundancia y la estabilidad. No ha sido dando rienda suelta a deseos y a pasiones como las tuyas, dijo Negan. ¿Por eso me teméis?, respondió el prisionero. No, por eso te tenemos que matar. Nos pones a todos en peligro.

El orden natural de las cosas

   Si no existiera la noche tal vez sería más fácil ser valiente, Iolanda. Sería más fácil creer en ti y en mí, en nosotros y en la vida que crece en tu interior. Pero sé que está en la naturaleza de todo lo que amamos cambiar. Y me pregunto dónde estarás mientras el rosa anaranjado del cielo se oscurece sobre la cima de los acantilados.

La montaña mágica

   Desde que Behrens le dio los resultados, Hans había disfrutado de la sensación de caminar entre los abetos nevados. Había sucedido tanto en aquel tiempo que todo era un recuerdo borroso. Entendió el significado de su existencia y cómo los elementos se conectan en el Universo. La ausencia temprana de su madre y los ojos tártaros de Clavdia. Las risas despreocupadas de sus hijos y las cargas que duelen. Una mano huesuda que aprieta la tuya con una sonrisa llorosa mientras la fuerza abandona tu cuerpo. Todo se agolpó mientras Behrens seguía hablándole de la biopsia.

La ciudad

   Bob y Patricia decidieron dejar el coche cerca de la iglesia y pasear por el centro. Llevaron a las gemelas al parque infantil y comieron unos helados ecológicos. Compraron comida para la semana y ropa. Almorzaron en un restaurante malayo y se tumbaron en los jardines a descansar. Patricia fue al cine a ver una película con las niñas y Bob se tomó unas cervezas belgas viendo el partido. Se llevaron unas pizzas para no tener que cocinar al llegar a casa, pagaron el recibo del aparcamiento y se despidieron del centro comercial hasta el siguiente domingo.

El idiota

   El día en que K decidió convertirse en un idiota cambió su smartphone por su primer teléfono y anuló sus cuentas en las redes sociales. Dejó de seguir las noticias, retomó la costumbre de quedar con sus amigos en el Gabinete Literario y volvió a cartearse con los que estaban lejos. El día en que K se convirtió en un idiota, se sentó en el Parque de la Alameda a respirar y observando una brizna de hierba pensó que era tan importante como una estrella. Mientras tanto, la gente corría despavorida a su alrededor sin saber por qué.

Campanas de conciencia

   Mi primer propietario me tañía para que sus subalternos acudieran a la sala de juntas. La siguiente jefa me usaba cuando alguien juzgaba al otro, hasta que todos reclamaron sus propias campanas y las reuniones se convirtieron en conciertos de gongs que hicieron inviable el sistema. La última heredera me usa para unos minutos de lo que llama el gozoso noble silencio, que permite a los humanos ser libres y oír la llamada profunda de su corazón. A ellos les funciona, pero esa quietud atronadora me evoca unas angustias atávicas que no tengo con quien compartir.