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“Como una novela” (Daniel Pennac, 1992)

“Como una novela” es un ensayo literario de Daniel Pennac publicado por Anagrama y que se puede leer como indica el título. Lo he releído haciendo uso de mis derechos como lector. El autor responde a una pregunta que se plantean padres y maestros. ¿Por qué un niño que ansía que le lean un cuento antes de dormir se convierte en un adolescente que hastía la literatura?
Empecemos por el principio: los niños leen a través de la voz de los adultos porque no saben hacerlo con sus ojos. Desean aprender y convertirse en alquimistas que transformen sin intermediarios signos arbitrarios en emociones.
¿En qué momento y por qué los padres dejan de leer a sus hijos? Suele ocurrir cuando los niños ya pueden hacerlo solos y los padres delegan (también) la lectura en el colegio. Es otro logro conseguido, al fin pueden recuperar esos quince minutos de libertad para ver la televisión.
En “Como una novela”, Pennac describe algunos derechos que poseemos los lectores y que pueden reconciliarnos con la literatura. Son los siguientes:
Los lectores tenemos derecho a no leer. El verbo leer no soporta el imperativo, al igual que sucede con otros como amar o soñar. El dogma “¡hay que leer!” implica una obligación que acaba con el placer de la lectura. No es recomendable obligar a los jóvenes a leer los clásicos si el único argumento es que tienen que hacerlo. Se les puede contagiar el virus de la literatura si leen lo que les apetece y si relacionan la universalidad de la ficción con su realidad individual.
Tenemos el derecho y la libertad de saltarnos páginas y pasajes completos. “La broma infinita”, de Foster Wallace, es una de las mejores novelas que he leído y disfruté de sus mil doscientas páginas. Pero confieso que me salté la descripción de la arquitectura de la Academia Enfield de Tenis, a la que el autor no renunció a pesar de las presiones del editor.
Tenemos derecho a no terminar un libro, sobre todo si no nos remueve las entrañas. Quizás esas páginas abandonadas se retomen en el futuro y se conviertan en nuestras preferidas. A mí me ocurrió con “Rayuela”, de Cortázar, o con “El ruido y la furia”, de Faulkner, y tengo a medias el “Ulises” de Joyce y “La montaña mágica” de Thomas Mann. Esos libros me están esperando y quizás en algún momento nuestros caminos se vuelvan a cruzar.
Tenemos derecho a releer. Los niños hacen uso de este derecho con más frecuencia de la que nos gustaría a los padres. Por muchos libros que tengamos, siempre quieren repetir la lectura de su cuento favorito, aquel que se saben de memoria y con el que disfrutan más con cada nueva lectura.
Tenemos derecho a leer cualquier cosa. Podemos apasionarnos con “Crimen y castigo”, “Cien años de soledad”, “El Quijote” o “En busca del tiempo perdido” y no avergonzarnos de disfrutar con la trilogía de “Millenium” si es lo que necesitamos en un momento determinado.
Tenemos derecho a leer en cualquier sitio en que nos apetezca al igual que hacía Arturo Belano, ese alter ego de Roberto Bolaño que aparece en varias de sus novelas y que leía en la ducha libros robados.
Y también tenemos derecho a hojear, a leer en voz alta y a callarnos.
En definitiva, pueden leer “Como una novela” si les apetece. Es uno de esos libros que (si hace falta) nos reconcilia con la vida y con la literatura, que a veces están cerca de ser lo mismo.

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Canadá

La madre de Bud se había quedado embarazada de él tras una serie de apasionados y fortuitos encuentros con aquel hombre que había sido vendedor fracasado de coches e intermediario de carne robada por los indios. Bud siempre supo que las sendas de la vida no se escogen con libertad, uno es arrojado a una u otra por hechos azarosos. De su padre solo conserva un dólar de plata que ahora gira una y otra vez sobre la palma de su mano mientras aquella chica lo mira suplicante.

La broma infinita

Randy nunca había sentido la boca tan sucia hasta que vio aquel anuncio sobre raspadores de lengua en la teletienda. Ya no sale a ningún sitio sin el modelo que le entregaron en su casa a las horas de haberlo comprado. Ahora es de madrugada y hace dos cervezas que no quiere saber qué hora es. Teclea el número de su tarjeta de crédito mientras en la pantalla promocionan el soporte para poner el rifle en la cama. Se levanta tambaleándose y se observa en el espejo del recibidor, sobre la foto en que todavía estaban juntos.

Club Deportivo Riocobo, años 80. ¿Alguien se acuerda?

El Concello de Cervo informa que no se abrirán las piscinas del Club Deportivo Riocobo debido a la ausencia de socorristas. Más allá de las polémicas vecinales sobre el uso y la conservación de las instalaciones, quisiera recordar algunas experiencias vividas allí en los años ochenta en que transcurrió la infancia de alguno de nosotros.
Íbamos al Club caminado o en nuestras bicicletas Motoretta o Bicicross (solo algunos afortunados tenían la BH California). La televisión no era competencia a salir a jugar, ni con la primera y la segunda ni con la llegada de la Gallega. Tampoco había muchos ordenadores (alguno tenía el Comodore o el Spectrum y para el Pentium 3 tuvimos que esperar a los últimos cursos del instituto). La palabra Internet tardaríamos años en escucharla, los móviles no los estrenamos hasta la la universidad y las tablets solo existían en las películas de ciencia ficción.
Pero sí teníamos el Club Deportivo Riocobo. Allí jugábamos al futbito con aquellos balones Mikasa que eran tan duros que solo los más valientes se atrevían a ponerse de porteros (suplicando que “no valía furar”). Hacíamos navegar nuestros barcos de Playmobil en la piscina pequeña y aprendimos a nadar en la grande atemorizados por la certeza de que el profesor nos iba a lanzar al centro en algún momento. En aquel tiempo no hacían falta socorristas ni había las actuales vallas (hubieran impedido correr por el césped hacia el agua para hacer una bomba). Jugábamos al squash con raquetas de madera y al tenis intentando emular a Ivan Lendl. Nos tirábamos por las rampas con nuestros monopatines Sancheski (¿alguien sabe por qué todos eran de color naranja?).    Jugábamos al escondite buscando algún lugar entre los árboles donde apretujarnos con las chicas. Íbamos a los columpios cuando no existían los parques infantiles. Robábamos manzanas detrás de las pistas con la angustia de encontrarnos con el señor que disparaba una escopeta de cartuchos de sal que todos asegurábamos haber visto. Jugábamos a la güija invocando a los espíritus con un miedo que no se atenuaba por la sospecha de que alguien movía la ficha. En la cafetería jugábamos a la máquina a cinco duros la partida, veíamos películas de piratas y comprábamos algún Frigo Pie con la paga de los domingos.
En el Club se celebraban carnavales en los que los mayores nos asustaban con sus disfraces de monstruos antes de que existiera Halloween. Había fiestas de cumpleaños en las que se rompían piñatas llenas de caramelos. Había una biblioteca en la que disfrutamos de las aventuras del Capitán Trueno. Saunas que funcionaban y un gimnasio. Pistas de tenis que eran sede de una liga comarcal en la que teníamos un equipo del que nos sentíamos orgullosos. Pistas de baloncesto. Un equipo de fútbol sala equipado con los colores de Argentina y una cancha en la que se celebraban torneos de veinticuatro horas. Una máquina de la que salían unos pistachos que nunca habíamos probado Y un pequeño videoclub con carátulas de películas para adultos que nuestra imaginación no hubiera sido capaz de producir.
Si nos aburríamos del Club jugábamos a las chapas con imágenes de corredores como Marino Lejarreta, hacíamos cabañas en el bosque y disputábamos guerras con los frutos de los eucaliptos sin importarnos que no fueran una especie autóctona.
Eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor suele ser un mito construido por la nostalgia y las distorsiones de la memoria. Aunque quizás no siempre sea así.

Alambradas

Mi vida dependía de mantenerme en la fila de los prisioneros y apartar la mirada de los guardias. Escuchaba el ladrido de los perros y pensaba que podría acabar con mi sufrimiento si corría hacia las alambradas como otros habían hecho. Mi conciencia y yo dejaríamos de existir en un instante. Me dije que podría aguantar otros diez pasos y me concentré en el ruido de mis zapatos sobre la nieve. Noté que uno de los cordones se había roto otra vez, hubiera podido aguantar un poco más de no ser por eso.

Mi antiguo coche

Aceleré y comprobé que era mi antiguo coche. Me asaltaron los recuerdos y me emocioné. Las salidas con los chicos, deambular solo por la ciudad, recoger a Edith ante la mirada suspicaz de su padre y los viajes a la playa cuando nacieron nuestros hijos. Me situé a su altura para observar a su conductor: era un hombre orondo que se hurgaba la nariz. Me aproximé y lo embestí por un costado. Él me miraba con miedo y con asombro mientras yo divisaba con rabia el pilar del puente que se aproximaba.

Maldito escalón 

Cerró la puerta principal intentando no hacer ruido y subió las escaleras aferrándose al pasamano para no perder el equilibrio. Maldijo el crujido del escalón que amenazó con despertar a Faith y a las niñas. Al llegar al primer piso, no sabía qué dirección tomar. Entró en la habitación principal mientras su cara mestiza y el cuchillo se iluminaron por la luna que atravesaba las cortinas.