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Adiós, Walter White

septiembre 30, 2013

   Hoy hemos disfrutado del último capítulo de Breaking Bad y hemos despedido a Walter White, uno de los personajes más interesantes que he visto en la pantalla de mi televisor. Decir que el mejor cine se ve, hoy en día, en las series de televisión norteamericanas es ya un tópico, por obvio. No vamos a escribir sobre eso.

   Walter White es alguien que evoluciona de padre de familia modelo a narcotraficante y asesino. En este recorrido se nos muestra cómo cualquier ser humano lleva en su interior todas las polaridades del bien y del mal, potencialidades que se actualizarán o no en función de las circunstancias del entorno.

   Tradicionalmente, el protagonista, en el cine y en la literatura, es el héroe. Un personaje que idealizamos, con el cual nos identificamos y sobre el que proyectamos aquello que nos gustaría ver en nosotros mismos. El héroe clásico es bueno y tiene su antagonista: el villano.

   Hoy en día, sin embargo, se considera que un personaje bien definido, para ser verosímil, tiene que poseer múltiples aristas e integrar cualidades tanto positivas como negativas. En algunas ficciones, como en la vida real, ni los buenos son tan buenos ni los malos lo son tanto.

   Estamos asistiendo en los últimos años, en las series de televisión y quizás también en la literatura, a un fenómeno desconcertante. A veces no sabemos quiénes son los buenos y quiénes los malos. The Wire (para mí la mejor serie de la historia) es el ejemplo más palpable de esto. Para aumentar la confusión, en muchos casos, el protagonista es un villano. Pero no el clásico, aquel que era malo malísimo, sino uno que añade a las cualidades deleznables otras que lo hacen carismático y que despiertan nuestra simpatía. Si antes los mecanismos de defensa eran la idealización, la identificación, la proyección y la polarización, desconozco cuáles operan en este caso.

   Estos anti-héroes modernos son más reales que los héroes y villanos clásicos. Incluso el ser más vil podría sorprendernos con cualidades bondadosas. Hitler, por ejemplo, era muy cariñoso con los perros y los niños pequeños, como se puede apreciar en sus vídeos domésticos mostrados en los documentales de la BBC.

   No es azaroso que en las mejores series actuales los personajes que más afecto despiertan sean estos anti-héroes modernos. De Walter White y de Breaking bad ya hemos hablado. Pero qué me dicen de Omar en The Wire, “Nucky” Thompson en Boardwalk Empire, Tony Soprano en Los Soprano, Tom Kane en Boss, Don Draper en Mad men, Francis Underwood en House of cards o Carrie Mathison en Homeland.

   Este fenómeno algo tendrá que ver con la manera en que hemos cambiado nosotros y la sociedad de la que formamos parte. Hablando hace poco de este tema, me decían (no estoy autorizado a desvelar mis fuentes) que este hecho tiene que ver con “el fin de la inocencia”. Somos menos ingenuos. Ya no nos creemos que las cosas sean maniqueas y sencillas. Ya no se trata de buenos y malos.

   ¿Y qué ha acabado con nuestra inocencia? Hagan ustedes, si lo desean, su asociación de ideas. A mi mente acuden las siguientes: el 11S, Afganistán, Irak, el 11M, Wikileads, Guantánamo, Obama, los drones, Snowden, Bárcenas…

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From → MISCELÁNEA

3 comentarios
  1. Eloy permalink

    Muy interesante tu reflexión, Borja. Precisamente estamos exprimiendo en casa la tercera de Breaking Bad y anticipando el duelo anunciado de su final. Pero, claro que no podemos dejar de disfrutar como se merece de esta magnífica serie… Algunas de las ficciones televisivas que mencionas las conozco (The Wire, Homeland, Soprano´s, House of Cards…) otras me las anoto como recomendación para próximos visionados.
    Estoy de acuerdo con tu análisis sobre el tratamiento que se le otorga al Héroe en estas ficciones “posmodernas”. Sobre mecanismos de defensa, si es que se les puede llamar así, querría llamar la atención sobre el efecto que genera en (mí), el espectador, esto que mencionas y quiero llamar ambigüedad o multipotencialidad moral… Naturalmente, la mera identificación o proyección es insuficiente delante de tipos como Walter White, McNulty, Omar Little, C. Mathison… son arquetipos premeditadamente complejos, así que el narrador inteligentemente opta por permitirnos hacer una “switch” y desplazar (momentáneamente) nuestra atención a otro campo de interés argumental, sin exigirnos la fidelidad o la fascinación incondicional… por ejemplo, podemos atender a otro personaje que se encuentra, quizás, en una crisis identitaria más profunda, o que corre más peligro, o que está tanto o más atormentado o nos parece, de repente, más carismático, o… Esto es así, pienso, porque en la ficción moderna la trama coral de personajes nos permite ahondar en el héroe-antihéroe mediante la evolución de sus relaciones con el entorno. Como espectadores nos permite buscar, más o menos activamente, un marco para afrontar la comprensión a los dilemas personales del personaje principal en los otros conflictos adyacentes (la crisis de confianza de su esposa, la reacción fóbica del cuñado policía, el aferramiento idealizador de su hijo….) puede que, algunos de ellos, consecuencia en cierta medida de la “crisis” (tema) principal (la mariposa que bate las alas en Pekín, blablabla…). No hay reparo en dedicar tiempo narrativo a explicar otros contextos, otras historias… siempre tejiendo paralelismos y analogías con el viaje del “héroe” principal.
    Pienso que, en esta relación compleja de personajes y múltiples perspectivas de un mismo suceso o proceso, el menú de identificaciones seriadas está servido. Interiormente el espectador se identifica con el héroe, pero no puede soslayar las consecuencias de sus pecados/virtudes y sobre todo no puede perderse la interesante transformación que se produce en su contexto de relaciones. Así es como pienso que nos conquistan los narradores: permitiéndonos reflexionar, permitiéndonos elegir, en función de nuestros procesos dinámicos internos, saltar o alternar (switch) entre diferentes opciones o perspectivas, enriqueciéndose así la paleta de emociones y la experiencia ante el televisor. Creo que esta ausencia de linealidad es adictiva, engancha, porque permite reflexionar sobre asuntos mucho más profundos que si “el chico se lleva a la chica”, o si “vence a los malos” o si “logrará redimirse de su terrible pasado”. Entrenamos nuestra capacidad de toma-de-conciencia o de elaborar teorías de la mente, nuestra capacidad de lidiar con las ambivalencias, ubicuas, o como le queramos llamar…
    Claramente. Algunas series han dado el salto, de la fábula-cliché y de los argumentos prefabricados, a la complejidad de las perspectivas de la novela imperecedera. Y eso nos encanta, porque terminamos amando a los personajes, con todo lo bueno y lo malo que ellos traen. Y aceptar a otros o aceptarse a uno mismo no siempre es algo fácil de hacer.
    Un abrazo, lástima de birras compartidas.

    • Es un lujo para este blog recibir contribuciones como esta. Muy interesantes y enriquecederas las reflexiones que aportas, Eloy.
      N.B.: Nostalgia de nuestras conversaciones en aquellas noches compostelanas de los años mozos…

  2. ¡Brillante Borja! Lo disfruté

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