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El Selectivo

   Hoy el selectivo bursátil vuelve a sufrir para salvar la barrera de los veinte mil puntos. Ha reaccionado temeroso ante los indicadores macro publicados y ha sufrido ante las tensiones geopolíticas procedentes de Oriente. A media mañana, ha iniciado una senda alcista animado por los resultados de la banca y motivado por los datos de nuevos afiliados a la Seguridad Social. Al finalizar la jornada, ha salido esperanzado y se ha ido a su restaurante habitual a comer un solomillo poco hecho con patatas fritas y pimientos asados.

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El nombre de las cosas

   Aquel día K decidió olvidarse del nombre de las cosas. Desde entonces el viento se convirtió en una caricia sobre su piel, el sabor de la mermelada de moras silvestres son los abrazos de su madre y el arrullo de las olas rompiendo en la orilla son recuerdos con sabor a salitre. Ahora el silencio es algo agradable y siente que el cuerpo es su casa. Mientras respira se deja atravesar por la fuerza de ese instante sin acordarse ya de aquella palabra que representaba lo que había estado persiguiendo durante demasiado tiempo.

La sociedad de la transparencia

Asesorado por su jefe de campaña, John Stewart decidió llegar a niveles nunca alcanzados por ningún candidato presidencial. Los grupos focales habían mostrado que obtendría el porcentaje de voto que le faltaba para alcanzar la victoria. Si aquello era lo que el ciudadano quería, se lo iban a dar. Verían a un político como nunca antes lo habían visto: un ser humano como ellos. John Stewart miró la luz de la cámara mientras se bajaba los pantalones y se sentaba en el retrete, arrepintiéndose enseguida de haber repetido los frijoles con chile.

1984

Paseaba por una de las callejuelas empedradas de la zona vieja que conducen a la Catedral cuando vio el cartel de Zona Videovigilada y el dibujo de una cámara de vídeo. Despotricó contra ese Estado opresor que controlaba todas las esferas de la libertad del individuo. Al llegar a su casa, descargó las fotos del viaje a Orlando que había hecho con su mujer y con las niñas y las subió a Facebook. Se regocijó pensando en lo bien que quedarían ante sus cientos de amigos y en la envidia que sentirían ciertas personas de la oficina.

Palabras

Había aprendido que las palabras pierden su significado si se repiten las veces suficientes. Si conseguía convertirlas en algo hueco desaparecía el dolor que cargaban desde hacía demasiado tiempo. Cada vez le costaba más esfuerzo que eso sucediera. Pronunciaba aquellas cuatro frases en su lengua nativa una y otra vez: una interjección y su nombre en diminutivo entre signos de exclamación (dos veces); una conjunción, su nombre, un verbo en pretérito perfecto simple y un adjetivo entre signos de exclamación (dos veces).

“Como una novela” (Daniel Pennac, 1992)

“Como una novela” es un ensayo literario de Daniel Pennac publicado por Anagrama y que se puede leer como indica el título. Lo he releído haciendo uso de mis derechos como lector. El autor responde a una pregunta que se plantean padres y maestros. ¿Por qué un niño que ansía que le lean un cuento antes de dormir se convierte en un adolescente que hastía la literatura?
Empecemos por el principio: los niños leen a través de la voz de los adultos porque no saben hacerlo con sus ojos. Desean aprender y convertirse en alquimistas que transformen sin intermediarios signos arbitrarios en emociones.
¿En qué momento y por qué los padres dejan de leer a sus hijos? Suele ocurrir cuando los niños ya pueden hacerlo solos y los padres delegan (también) la lectura en el colegio. Es otro logro conseguido, al fin pueden recuperar esos quince minutos de libertad para ver la televisión.
En “Como una novela”, Pennac describe algunos derechos que poseemos los lectores y que pueden reconciliarnos con la literatura. Son los siguientes:
Los lectores tenemos derecho a no leer. El verbo leer no soporta el imperativo, al igual que sucede con otros como amar o soñar. El dogma “¡hay que leer!” implica una obligación que acaba con el placer de la lectura. No es recomendable obligar a los jóvenes a leer los clásicos si el único argumento es que tienen que hacerlo. Se les puede contagiar el virus de la literatura si leen lo que les apetece y si relacionan la universalidad de la ficción con su realidad individual.
Tenemos el derecho y la libertad de saltarnos páginas y pasajes completos. “La broma infinita”, de Foster Wallace, es una de las mejores novelas que he leído y disfruté de sus mil doscientas páginas. Pero confieso que me salté la descripción de la arquitectura de la Academia Enfield de Tenis, a la que el autor no renunció a pesar de las presiones del editor.
Tenemos derecho a no terminar un libro, sobre todo si no nos remueve las entrañas. Quizás esas páginas abandonadas se retomen en el futuro y se conviertan en nuestras preferidas. A mí me ocurrió con “Rayuela”, de Cortázar, o con “El ruido y la furia”, de Faulkner, y tengo a medias el “Ulises” de Joyce y “La montaña mágica” de Thomas Mann. Esos libros me están esperando y quizás en algún momento nuestros caminos se vuelvan a cruzar.
Tenemos derecho a releer. Los niños hacen uso de este derecho con más frecuencia de la que nos gustaría a los padres. Por muchos libros que tengamos, siempre quieren repetir la lectura de su cuento favorito, aquel que se saben de memoria y con el que disfrutan más con cada nueva lectura.
Tenemos derecho a leer cualquier cosa. Podemos apasionarnos con “Crimen y castigo”, “Cien años de soledad”, “El Quijote” o “En busca del tiempo perdido” y no avergonzarnos de disfrutar con la trilogía de “Millenium” si es lo que necesitamos en un momento determinado.
Tenemos derecho a leer en cualquier sitio en que nos apetezca al igual que hacía Arturo Belano, ese alter ego de Roberto Bolaño que aparece en varias de sus novelas y que leía en la ducha libros robados.
Y también tenemos derecho a hojear, a leer en voz alta y a callarnos.
En definitiva, pueden leer “Como una novela” si les apetece. Es uno de esos libros que (si hace falta) nos reconcilia con la vida y con la literatura, que a veces están cerca de ser lo mismo.

Canadá

La madre de Bud se había quedado embarazada de él tras una serie de apasionados y fortuitos encuentros con aquel hombre que había sido vendedor fracasado de coches e intermediario de carne robada por los indios. Bud siempre supo que las sendas de la vida no se escogen con libertad, uno es arrojado a una u otra por hechos azarosos. De su padre solo conserva un dólar de plata que ahora gira una y otra vez sobre la palma de su mano mientras aquella chica lo mira suplicante.