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Recuerdos

He olvidado tantas cosas… Pero no he podido borrar de mi memoria aquella frase que escuché cuando era un niño y que ahora me atraviesa como una flecha. Los hechos más importantes de mi vida gravitaron sobre aquellas seis palabras: irme de casa tan joven, casarme con una mujer como Isabel, estudiar Trabajo social, tener hijos… Hoy lloro de rabia frente a la tumba de mi padre y quemo la carta que llevo escribiéndole desde entonces con todo lo que aquel día no pude responderle.

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El amanecer de los vivos

Se asomó por la escotilla y contempló la amalgama de colores que emborronaba el horizonte sobre el mar. Cerró los ojos y se dejó acariciar por el aire fresco que subía del valle. Intentó recordar el olor de los manzanos que había plantado con Joe  y de los que ahora solo se veía su macabro esqueleto. La alarma del reloj interrumpió sus pensamientos y miró la aguja del contador Geiger. En el búnker solo se escuchaba el llanto de hija. Cerró la escotilla y se despidió de la Tierra hasta el siguiente amanecer.

El castillo

El jefe llevaba décadas amargándole la existencia a K con sus órdenes y con sus normas. Nunca lo había visto ni hablado con él y recibía sus comunicados a través de un ordenanza que se presentaba a cualquier hora y en cualquier lugar. Recorriendo los laberintos, K encontró de forma casual su despacho y abrió la puerta. Estaba oscuro y hacía frío. ¿Hay alguien ahí?, preguntó. ¿Hay alguien ahí?, se escuchó. Tuvo dudas y retrocedió. De vuelta a su puesto, se envalentonó pensando en la que queja que iba a dirigirle a través del Comité de los trabajadores.

Crecimiento personal

En el seminario de aquella tarde, Arnold y Carol aprendieron que la felicidad se consigue cuando se descubre cómo se conectan los puntos de la vida. Aun así, Arnold se quitó la alianza, caminó adonde se encontraba Carol y le propuso tomar una copa con la excusa de compartir sus experiencias acerca del método. Y, por eso, Arnold giró su teléfono cuando empezó a sonar y la pantalla se iluminó con la foto de Mary y de las niñas.

Power to the people

Cuando el nuevo jefe llegó a la reunión, los encargados ya estaban sentados. Se presentó y escribió sus nombres. Pidió voluntarios para redactar el acta y para ir a buscar aguas y cafés. Anotó los que le aguantaban la mirada demasiado tiempo y los que se habían sentado cerca de la cabecera de la mesa. Por último, les animó a hacer propuestas diciéndoles cuánto valoraba esas iniciativas. Cuando tuvo la información que necesitaba, se fue. Ya sabía a quién mantener y a quién relevar de su puesto.

El Dios de las pequeñas cosas

Aquel conductor borracho había dejado un agujero en el universo con la forma de su familia. Desde entonces, le sorprende que la vida continúe como si nada hubiera ocurrido. Hoy escucha a una pandilla cantar una canción cursi en la terraza de abajo, sus carcajadas y el tintinear del hielo en sus copas no le dejan dormir. Siente que la tristeza que lo protegía se aleja y coge el cuchillo de despiezar la carne mientras piensa como el agujero que va a hacerle al universo se tragará esas risas y su rabia.

La carretera

Jack y su hijo observaban cómo las olas cargadas de ceniza rompían en la orilla solitaria. El cielo era un frío manto de acero en el que no se veía el sol desde la erupción volcánica. Jack le pidió que recordase el momento más feliz de su vida. A lo lejos se escuchaban los caballos de la horda que los violaría y se los comería. Jack metió su única bala en el revólver y le pidió al niño que mirase el mar y que siguiera recordando los paseos en bicicleta con su madre y con su hermana.